Sabor a infancia

Desde que era niña no comía un pudín de pan (es más, ni me acordaba de él), hasta que hace unos días me llevaron a cenar a un lugar que lo tiene en su carta de postres, con una salsa dulce maravillosa. Cual Anton Ego, en Ratatouille, me vi propulsada a mi infancia. Recordé los refractarios que mi mamá horneaba regularmente con esa mezcla tan simple que se hace con el pan ‘duro’ y de apariencia tan casera y lejana a los sofisticados cupcakes. Vino a mí la alegría tremenda que me entraba al asomarme a la cocina y descubrir a mi madre afanosa con la harina, la leche, el pan, la vainilla y las pasas. El que ella hacía no llevaba salsa, pero tenía esa misma consistencia suave y remojada que estaba comiendo. Fue tanta mi emoción que olvidé por completo tomarle una foto al plato para venir a presumirla y sólo me concentré en devorarlo. Fugaz instante de comunión absoluta (uno por el que le agradezco montones a @maumonten y a @mileli).

Ahora, por supuesto, no puedo sacar de mi mente la idea de preparar uno. En lo me hago de la receta materna, busqué ansiosa una que otra en internet. Me sorprendió ver la cantidad de variaciones existentes (que ya pondré a prueba), pero acá les dejo una que me pareció más o menos lo que andaba buscando, por si ustedes también babean por un pudín con sabor a infancia. Puchen aquí. Y felices bocados.

Amor por las berenjenas

No hace mucho tenía la idea de que cocinar berenjenas (#biutifulpalabro) era algo complicado. Por aquello de su agriedad. No es que lo hubiera intentado y terminara cuasiescupiéndolas. Nomás tenía esa idea. Pero cuando me propuse cocinar al menos una receta nueva por semana me decidí a enfrentarlas. ¿El resultado? Todos mis prejuicios se hicieron trocitos y se convirtieron en uno de mis vegetales consentidos. Eso sí, después de dar con el verdadero secreto: salarlas un poco y dejarlas ‘sudar’ durante una media hora antes de prepararlas o sumergirlas en agua con vinagre durante unos 10-15 minutos. Ahora pienso que es una suerte que haya docenas de platos a base de berenjenas y que por lo general sean harto sencillos. Les comparto tres que me han maravillado:

Lasaña de berenjenas. Cosa de convertir un par de berenjenas en finas láminas y emplearlas en lugar de las tradicionales de pasta. Para el relleno basta una mezcla de verduras al gusto, salsa de jitomate al gusto y queso, mucho queso parmesano. (Ustedes disculparán la falta de foto, pero siempre me acuerdo de tomarla cuando ya me acabé el plato).

Berenjenas capeadas. Sea que se utilice simplemente una mezcla de huevo con sal y pimienta (y se asen en una sartén, procurando echar una cucharada de la mezcla directamente sobre la berenjena en el fuego, para que el huevo se esparza) o que se recurra a la mezcla del tempura (y se frían), resultan ideales para servir sobre una gran cama de arroz.

Berenjenas al horno. Esta receta, que llegó a mis manos vía Pinterest (maravilla de maravillas), es una de-li-cia. Es un poco laboriosa y no es de esas para preparar cuando ya te muerden las tripas de hambre, pero el resultado, acompañando a una milanesa, por ejemplo, es una verdadera recompensa.

 

Si sus manos tienen alguna otra receta a la mano, ¡será más que bienvenida!


Platos que reconfortan

No es un domingo cualquiera. Los ánimos están tensos, nerviosos, tristes, alebrestados, hastiados… Cómo no. Las elecciones están a la vuelta de una semana. Después de pasar la mañana sumida con las narices en la lectura de asuntos y opiniones al respecto, tuve que hacer una pausa para atender el clamor de las tripas. No tenía claro qué preparar, pero terminé por sacar del refrigerador y la alacena lo que me ha parecido la mejor forma de contrarrestar un poco la pesadez mental: lo necesario para una pasta con salsa de champiñones y aceitunas negras, acompañada con espárragos a la mantequilla y una soda ‘italiana’ (que no es más que jarabe de tamarindo y agua mineral). Tan pronto tomó forma el menú en mi cabeza, empecé a sentirme más ligera. Y cortar los ingredientes trajo consigo la posibilidad de entregar el resto de la tarde a esa práctica italiana tan saludable que es disfrutar el no hacer nada (dolce far niente). Una gran posibilidad para un domingo precisamente como este.

Bocados con chispotas azules

No sé ya cuántas veces he hecho estos panqués, pero nunca me salen igual. La cosa es que siempre me pasa algo: olvido agregar las almendras, el azúcar, el limón, experimento con otro tipo de harina o con zarzamoras en vez de blueberries. El caso es: son ligeros y poco azucarados pero representan una suave y rica mordida. Encima, son rápidos de hacer y hornear. Eso sí, olvídense de usar batidora. Ahí les va cómo hacerlos:

¿Con qué se preparan?

50 gramos de almendras. 250 gramos de harina (puede ser de trigo o de avena). 1 cucharada de polvo para hornear. 85 gramos de azúcar (mascabado, de preferencia). La ralladura de cáscara de un limón. 1 huevo. 280 ml de leche. Dos cucharaditas de jugo de limón recién exprimido. 4 cucharadas de aceite vegetal. 150 gramos de blueberries (o zarzamoras). Un molde para 12 panqués.

¿Y qué hacer con todo?

Moler las almendras en la licuadora (deben quedar como una semipasta) y vaciarlas sobre un recipiente con la harina y el polvo para hornear cernidos, el azúcar y la ralladura de limón. En otro recipiente, batir muy ligeramente el huevo, la leche, el jugo de limón y el aceite (batir de más implica que, al hornear, la pasta se seque de más).

Agregar a esta mezcla los ingredientes secos y batir sólo lo necesario y sin mucha fuerza para obtener una pasta tosca y grumosa. Añadir las blueberries (enjuagadas y escurridas) o las zarzamoras e integrar con rapidez, batiendo lo menos posible para que la pasta final quede un poco dispareja. Llenar cada espacio para panqué (previamente enharinado) unas dos terceras partes y meter al horno precalentado a 200 grados durante 20-25 minutos. Cuando está listos, adquieren cierto tono dorado y resultan firmes al contacto. Compartan los bocados y acompañen con un vaso con leche.

*La receta es parte del libro Muffins and Other Morning Bakes, de Linda Collister. Este mero:

Jazz para un risotto

No sé por qué nunca se me había ocurrido, pero hoy casi como por casualidad, mientras preparaba un risotto, descubrí que el jazz es un gran compañero para mover las cacerolas un rato en la cocina. Ya sé que a algunas personas les parece una música triste, melancólica en el mejor de los casos, pero a mí me hace sentir mucha calidez. Quizás porque, justamente, se trata de notas llenas de sentimiento. Y si algo se derrama en la cocina cuando se ama pasar un rato en ella es sentimiento. Porque plato que no se hace con gusto, plato que no sabe igual.

Y aquí les dejo dos minutos-casi tres de Django Reinhardt, quien me hizo darme cuenta de que las cucharas y el jazz se llevan rebién (Y sí, Django R. es aquel que Woody Allen retratara en Sweet & Lowdown).

Bueno, de paso también les dejo la receta para preparar risotto con vegetales.

¿Qué se requiere?

1 taza de floretes de brócoli. 1 calabacita (de las larguiruchas) finamente picada. 1 taza de granos de elote. 1 taza de pimiento morrón rojo finamente picado. 2 1/2 tazas de consomé de pollo (se me ocurre que los vegetarianos pueden sustituirlo por un caldo hecho con champiñones). 1 cucharada de aceite de oliva extravirgen. 2 cucharadas de cebolla finamente picada. 1/2 taza de arroz arborio o alguno de grano corto. 1/4 de taza de vino blanco seco o agua. 1/3 taza de queso parmesano fresco rallado.

¿Qué hay que hacer?

Primero, cocer las verduras durante unos minutos (el asunto es que queden suaves pero algo crujientes) y enjuagar con agua fría. En una olla pequeña, calentar el consomé de pollo y mantenerlo así a fuego bajo. Ahora, en una cacerola grande y pesada (a fuego medio-alto) agregar el aceite y luego la cebolla (reducir el fuego a medio). Cocinar y revolver unos minutos, hasta que la cebolla se acitrone. Incorporar el arroz, revolviendo para cubrir con el aceite. Verter el vino, cocinar y revolver hasta que casi se seque. Agregar 1/2 taza de consomé a la vez, permitiendo que se absorba antes de una siguiente adición y revolviendo frecuentemente (el tiempo total de cocción para acabar con el consomé son unos 20-30 minutos). Retirar del fuego y añadir el queso. Revolver un poco y echar las verduras. Revolver bien y servir de inmediato. ¡Ta-dá!

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*Sepan que esta receta salió de Tesoro de la cocina saludable, editado por Publications International.

Todo por un taller de cocina

Mi bisabuela materna cocinaba delicioso, sobre todo platillos salados. Mi abuela paterna, también; aunque lo suyo eran más bien los postres. Mis padres tienen sus respectivas especialidades. Pero de ninguno de ellos aprendí a meterme en la cocina para algo más que picar lo que hubiera o echar los trastes al fregadero. En realidad, que sepa preparar algo más que un sándwich es ‘circunstancial’.

Resulta que a mi familia le pareció buena idea inscribirme en una secundaria de monjas. Objeté, pero no me hicieron mucho caso y terminé usando un uniforme detestable, repitiendo el Padre Nuestro cada que empezaba una clase de geografía (al final sólo dos maestras eran monjas) y tomando cuatro horas de taller de cocina cada miércoles (ni loca iba a aprender a teclear a máquina como robot y no tengo talento para la pintura), entre otras cosas. Confieso que nunca imaginé cuánto disfrutaría y encontraría útil ese taller. Entonces y después, mucho después. Recuerdo que la maestra era un muchito gruñona (ahora pienso: qué horror cuidar a unas hurracas adolescentes en una cocina con grandes hornos), pero se emocionaba cuando terminábamos de preparar una receta y nos comíamos con gusto el resultado (las raciones que me tocaban eran altamente codiciadas en mi familia). Durante tres años llené un cuaderno por ciclo con recetas de guisos, panes y pasteles.

Transcurrió un buen tiempo antes de que volviera a abrirlos y a usar su contenido regularmente, pero muchas de las cosas que preparo en base cotidiana para comer salieron de ahí: papas al horno, chiles rellenos de frijol con queso, pay de rajas, strudel de manzana, panqué marmoleado… Y todo gracias a esa mujer de pelo chino, rojizo y lentes de abuelita cuyo nombre no logro recordar, que cada semana nos dictaba cómo proceder y nos guíaba entre ingredientes, ollas, moldes, chacoteo y tiempo de espera. Mi gratitud hacia ella que, además de capacitarme para pasarme horas en la cocina, me dotó de mucho qué compartirles.

Delicias de Hidalgo

Uno de los encantos de visitar pueblos y ciudades, aunque sea de ida y vuelta, es la comida que te vas encontrando en el camino. O aquella que decididamente vas buscando.

El sábado pasado fuimos a Hidalgo, concretamente a los Prismas basálticos (una de las 13 maravillas naturales de México) y luego a Mineral del Monte (enlistado como Pueblo Mágico). Y si algo traía metido en la cabeza era hacerme de una buena dotación de pastes, en particular de arroz con leche (aunque no sean los tradicionales-tradicionales). Tanto como para no dudar (ni por hambre) en formarnos en la larga fila que había y esperar algo así como una hora para llegar al mostrador de Los Portales y ser despachados. Pero es que había que comprarlos en el lugar de mayor sabor y tradición del pueblo. El hornazo de pastes (herencia de los mineros ingleses que alguna vez habitaron la región) recién hechos que nos llegaba conforme se acercaba nuestro turno era prueba de que aquella espera no era ninguna locura. Y hay que decir que mucho contribuyeron a apaciguar la rebelión triperil ese cubilete y ese pan de nata salidos de un puesto que, convenientemente, teníamos al alcance de la fila. A unos turnos de ordenar, algo de mi emoción infantil se esfumó al escuchar que ya no había pastes de arroz con leche (¡el horror!), pero luego resultó que al hacer nuestro pedido salió una charola del horno y logramos salir triunfantes entre el gentío, como quien carga una auténtica cajita llena de tesoros.

Un tentempié.

Tesoros rellenos.

Un par de horas más tarde, como si no hubiéramos comido ya suficiente pan, bastó leer la leyenda “El pan es delicia y más si es de pulque” para cruzar la calle en la que estábamos y formarnos (sí, otra vez) en una panadería para comprobarlo. Fue sólo cuestión de minutos para tener en nuestras manos una esponjosa y deliciosa bolita de pan caliente. Uffff. Nomás de acordarme me entran ganas de salir corriendo de nuevo para aquellos rumbos. Está visto: el pan es una de mis grandes debilidades.